
Si no es más que el mundo
que se pliega,
enredos de persiana
bajo el sol poniente,
el orden minucioso
escondido en la tarde
de unos linos revueltos,
como el sueño de un párpado.
Igual a la edad epicéntrica
de su sortija.
Tan pronto tan quieta
tan abatida.
Como si no hubiera prisa,
siquiera destino.
Su sombra es su motivo,
la única razón de su peaje.
Queda
el llanto vertebrado,
el pentagrama extendido
sobre un pedazo de tierra.
Las miro sin urgencia,
con paciencia de isla,
como el sedal transparente
que ha perdido su anzuelo.
Sorprendida en la costumbre de esperar
quedo sola, haciéndome,
como una espiral de paja que se anilla en su centro.
