
Hay una bruma que te reclama. Un aviso de nube blanca y una humedad insistente sobre los cuerpos. Cae como plomo el calor de la selva.
Es una herida en la tierra, la savia del mundo derramada, arrojada con fuerza desde la superficie de sus entrañas. Son los ríos como sangre por las venas del sueño. Arrastran su memoria y se suicidan. Son serpientes de agua deslizando su vientre por las grietas sucesivas, resolviendo el braile de sus cauces, volviendo a nacer de un rugido indescifrable que disuelve su médula y la evapora.
Hay lágrimas que brotan con sólo mirarlas.



