
Dónde el blanco de tus días,
la desabrida amplitud de los segundos
en esta quietud sin forma de estar vivos.
Dónde el quicio que separa
el andamiaje imperfecto de tu piel sin entorno,
tus vaciados senos,
la órbita celeste de su conjugación,
la callada
metamorfosis del alma.
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